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La pequeÒa Alina

  • Álvarez Reinares, Cristina, (aut.)
  • Gómez-Trabadela, Fernando F., (il.)
  • Editorial Yalde, S.L.
  • 1ª ed., 1ª imp.(05/1999)
  • 112 pages; 18x13 cm
  • Langue: Español
  • ISBN: 8487705464 ISBN-13: 9788487705465
  • Encadrement: Rústica
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Alina vive con sus padres, con su abuelita, con su perro Jaeger y con su gata Yupita. Los animales van a ser protagonistas de excepción de esta historia. Alina es espontánea y traviesa, con iniciativas que ponen en constantes apuros a los adultos, muy dados, en general, a llevar una vida sin sobresaltos.

Las aventuras de Alina transcurren en un entorno permisivo y auténtico, sin ñoñez.

La autora concede un valor especial al lenguaje y al humor, las dos claves sobre las que se asientan las travesuras de La pequeña Alina.

Cristina Álvarez Reinares, profesora de Psicología Evolutiva, ha escrito otras obras: Amor a toda máquina y otros cuentos (Relatos), El peso de las palabras y La piel como frontera (Ensayos), todas ellas editadas en Yalde.

FRAGMENTO DE ESTA OBRA:

Mi gozo en un pozo

La aventura de la casa deshabitada dejó profunda huella en Alina. No podía pensar en otra cosa.

Con frecuencia, agarraba a la gata y salía con ella al jardín para imaginar juntas las peripecias de aquella noche plagada de misterios.

Durante un tiempo, Alina se tumbaba en la cama a soñar. En todos sus sueños la protagonista era Yupita. La gata la sacaba de todos los apuros y le resolvía los problemas por graves que fueran.

Todos estos sueños los tenía Alina estando despierta, pero a veces se dormía sin darse cuenta y también soñaba con Yupita.

Los sueños que tenía de día, tanto si estaba dormida como despierta, rara vez concluían. Cuando llegaba al punto culminante, en el que el misterio estaba a punto de resolverse y el final feliz lo tenía ya en la punta de la mano, entraba su madre para ordenar la habitación, o para dejar la ropa de la plancha, o para decirle a Alina que ya era la hora de comer..., o bien su padre hacía algún ruido por el taller con una sierra o con una taladradora..., y hasta su abuela decía en voz alta alguna de sus retahílas que se oían en toda la casa.

"No me dejan tranquila ni un momento"- pensaba Alina -. "Esto no hay quien lo aguante" -, volvía a pensar mientras ponía un morro más largo que el de un caballo.

Por eso, para poder soñar episodios maravillosos y extraños sin interrupciones, a Alina le hubiese gustado tener un refugio para ella sola y para sus amigos.

Un día se lo propuso a sus padres :

- Me gustaría mucho tener una pequeña cabaña en el jardín, como la de Mini. Allí podría ir a leer y a jugar con mis amigos. También estarían conmigo Jaeger y Yupita.

- Eres demasiado pequeña para eso - dijo su madre -. Cuando tengas dos o tres años más, ya veremos.

- Pues no soy tan pequeña; Mini acaba de cumplir siete años y ya tiene cabaña y yo los cumplo el mes que viene...

- Hija, no te pongas terca. De momento, tu habitación ya es como una cabaña, yo diría que más bien es como una leonera. Haces en ella lo que quieres, la ordenas a tu gusto y nadie te impide que invites a tus amigos a pequeñas reuniones para pintar, o cantar, o para contaros los cuentos que acabáis de leer.

Alina se puso de morro, esta vez tan largo como la trompa de un elefante, y salió al jardín hecha un basilisco*. Pasó junto a su abuela sin mirarla y se dirigió con aires de reina destronada hacia el laurel, el árbol más frondoso del jardín. Se cobijó en un hueco que formaban las ramas del árbol y entonces descubrió maravillada que aquello era lo más parecido a una cueva. Desde allí podía ver sin ser vista. No hay nada mejor que poder ver y que los demás no te vean; eso es en realidad lo que hacen muy bien todas esas personas que se han especializado en fisgar la vida de los otros y que, generalmente, se llaman fisgones.

El morro se le empezó a desarrugar. Como le gustaba mucho imaginar, enseguida dio con la solución : aquel hueco sería su cabaña. Sólo tenía que hacer pequeños arreglos para acondicionarla.

Corrió hacia el pequeño taller de su padre, que parecía la cueva de Alí Babá, aunque sin ladrones..Allí, en el más perfecto desorden, pues también el desorden puede ser perfecto, había de todo lo que uno puede imaginar. Lo de menos eran los tornillos y las herramientas, que de eso hay en cualquier taller, sino que allí asomaban las cosas más extrañas, que Serafín guardaba "por si las moscas"* : tablas, telas, maderas, cuerdas, motores rotos de todos los chismes eléctricos que habían hecho "cataclás"... El lema de Serafín era :"cuando menos se piensa, salta la liebre"*. Como podemos ver no hacía muy buen uso del refrán, pero seguro que entendemos lo que quería decir. Por otra parte, a Serafín le saltaban las liebres tan pocas veces, que más le valdría borrar de su pensamiento ese refrán.

Si quieres saber cómo continúa esta historia sólo tienes que leer La pequeña Alina y, luego Los barullos de la pequeña Alina y Alina en la montaña, de Editorial YALDE. La autora es Cristina Álvarez Reinares.


 

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